San Genaro celebró con su hijo favorito

Por Eumar Esaa

Todo el que vio el domingo a Jesús González levantar casi dos veces su peso corporal seguramente se sorprendió de su hazaña en el coliseo Mariscal Cáceres de Chorrillos, menos los 21 miembros de su familia y amigos cercanos que desde la grada gritaban “San Genaro, San Genaro” cada vez que el “Trompo” salía a la plataforma de halterofilia.

¿Cómo sorprenderse si ellos lo vieron o conocieron la leyenda del bebé forzudo que destrozó cinco corrales para desplazarse por el hogar de cuidado diario donde una prima de su madre lo cuidaba?

“Él nació con fuerza, empezaba a darle y darle y darle a ese corral hasta que se movía y llegaba adonde él quería, era el propio bebé Bam-Bam”, recuerda su prima Julia Blanca, hija de doña Hipólita, la cuidadora que se encargaba del Trompo mientras su madre trabajaba.

“Ellos fueron los que me pusieron el apodo”, relataría González antes de fundirse en abrazos llorosos con esos hijos de su pueblo natal que fueron llegando en aluvión a establecerse en Lima y el domingo aprovecharon el día libre por la fecha patria local para ir a verlo competir.

Gente de San Genaro, Corozal, Las Mesetas, La Beatriz, Trujillo, Valera, Pampanito, todos emparentados entre sí, fueron emprendiendo la ruta hacia Perú hasta completar 24 familiares y conocidos asentados allá. Solo tres se perdieron el acontecimiento del reencuentro con Jesús “porque se les enfermó el bebé”, pero todos corrieron el riesgo de quedarse con las ganas.

A falta de cinco minutos para la competencia, el personal del coliseo se negaba a venderles las entradas, con diversas excusas. Llevaban más de seis horas a la intemperie en el frío limeño, sin comer, soportando la llovizna del peor invierno de los últimos 50 años, viendo cómo chorreaba la tinta de las pancartas que primorosamente habían preparado para celebrar al muchachito que le incendió la cama a doña Hipólita.

“Tenía como tres años y medio y ya andaba libre por la casa, porque no había manera de que se quedara quieto”, recuerda Julia. “Llegó al cuarto de mis papás y se consiguió unos fósforos. Mi papá decía ‘huele a quemado, ¿qué será?’. Era su cama que se estaba incendiando, cuando vio dijo ‘eso fue el trompo loco ese’, y desde ese momento se quedó Trompo”.

De ser el muchachito voraz que comía sin parar, como adulto Trompo pasó con el tiempo a convertirse en el custodio de la alimentación de los suyos en medio de la crisis. “Ese muchacho es un buen hijo, un buen hermano, yo sé que no se lleva un bocado si sabe que su gente no ha comido, por eso todo el mundo lo quiere tanto, porque es una buena persona”.

En los brazos de su gente, que lo apretaba y le repetía “para nosotros tú eres el campeón”, seguramente Jesús disipó los pensamientos que lo asaltaban en el podio, mientras oía The Star Spangled Banner en lugar del Gloria al Bravo Pueblo. El abrazo del hogar, las lágrimas de su primo Frederick, el beso de los que lo vieron crecer, habrán abonado la paz en el corazón del campeón.

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